Nací el 6 de enero de 1950 en la ciudad de Amritsar, al Noroeste de la India, muy cerca de la frontera con Pakistán. Un lugar de contrastes, ya que forma parte de un conflictivo territorio que ha sido declarado como la frontera más peligrosa del mundo y a la vez se ha dicho que es tan hermoso que si el paraíso estuviera en la tierra, estaría en Cachemira.
Diversos acontecimientos violentos han dejado cicatrices profundas en mi corazón y han marcado el rumbo de mi existencia. Comenzó a manifestarse desde que mi madre se enteró que daría a luz a una mujer. En un país en el que el 40% de sus habitantes vive con un promedio de dos dólares al día, las familias tratan de casar a sus hijas cuando aún son niñas y trabajan duramente para cumplir con la obligación social de afrontar el pago de la dote. Como método para esquivar esa carga económica que puede hundir la economía familiar, los padres decidían que lo mejor era que la madre abortara.
Mi madre -una mujer única, una verdadera guerrera de la libertad-, toda su vida se manifestó en contra la discriminación sexual, de clase, de casta, de etnia y de edad que existe en mi país. Sus convicciones impidieron que mi padre, un peluquero ambulante, y mis dos hermanos la obligaran a practicarse un legrado.
No fueron bien recibidas las palabras del médico que les informó que corría la semana 14 del embarazo y un aborto atentaría contra la vida de mi madre. La ira hizo que mi padre la sometiera a trabajos forzados, hambre y poco descanso. La estaba obligando a que me expulsara de su cuerpo, pero nunca lograron doblegar su fortaleza espiritual. Incluso los brebajes que le administraron y las golpizas ocasionales que recibió, pudieron con nuestra determinación para vivir.
Cuando parecía que todo era más oscuro, el Universo dispuso que apareciera la luz al final del túnel. Por medio de una vecina, mi madre logró colarse entre la servidumbre de una familia inglesa que vivía en la periferia de la ciudad. Su estado físico era tan precario que podía esconder entre sus ropas un embarazo de 24 semanas. Ni su delicado estado de salud ni las condiciones en las que se llevó a cabo el parto impidieron que, finalmente, sus débiles brazos me rodearan y con lágrimas en los ojos me dijera: “Hemos librado la primera de todas las batallas que te esperan. Iluminaste mi vida desde que supe de ti y tu presencia fortaleció mi espíritu. De hoy en adelante, brillarás como una estrella que iluminará el alma de las personas.”
Me llamó Tara Mangala, que en castellano significa “estrella de buen augurio”. Justo unos días después de nacer, se formó la República de la India y entró en vigor la constitución en la que se otorgó a las mujeres igualdad de derechos sucesorios, acceso a la propiedad y derecho al divorcio.